La reconstrucción del espacio cotidiano (Marta Román Rivas)

La ciudad donde vivo parece una vasija desecha donde sus piezas se han desperdigado, cada vez todo está más lejos, desconectado, cada vez cuesta más llegar. La metrópoli actual se va expandiendo en el espacio circundante: los grandes centros de servicios y equipamientos son como piezas desperdigadas donde cada vez es más necesario para acceder a las mismas los modos de transporte motorizado. Las urbanizaciones, los barrios periféricos, toda la ciudad se va esparciendo. Este modelo urbano que no se pone límites ni al crecimiento en el espacio circundante ni a la dependencia de transporte motorizado, funciona como una bomba expansiva y las piezas de este recipiente se van alejando más y más.

El interior de las ciudades también se va resquebrajando: se permite la tercialización del centro, la desestructuración de los barrios, el dominio del automóvil frente al ciudadano. La calle se vuelve un lugar desagradable por los ruidos y humos, un lugar donde sólo se puede transitar deprisa.

Así, el proceso de destrucción, de ruptura, de dispersión se retroalimenta porque la población es expulsada del interior de la ciudad por diversos motivos -precios muy altos de vivienda, degradación y baja calidad ambiental- y se van a vivir a la periferia y vienen sólo a trabajar al interior de la ciudad y se acrecienta la necesidad de transporte y se va acrecentando la degradación de la calle que tiene que acoger los coches de esta población que se fue a vivir lejos. Y, además, la ciudad se va deshumanizando por la pérdida de vida vecinal y la calle se vuelve peligrosa.

La necesidad de reconstruir el espacio cotidiano surge porque este modelo urbano, esta ciudad a trozos, este espacio desperdigado no funciona, es como una máquina rota. Una máquina ineficaz en la que se invierte cada vez más tiempo y energía y no resuelve o facilita las necesidades básicas de sus habitantes. Necesidades de accesibilidad, sociabilidad y, en definitiva, lo que se puede considerar calidad de vida.

Y es que la ciudad si funciona mal para todos, funciona peor para las mujeres. Es una ciudad creada según las necesidades percibidas por los hombres, donde las mujeres han participado poco en la construcción de este espacio común y se ha conseguido una ciudad pensada para moverse y para trabajar, no para vivir. Se han olvidado o relegado a un segundo plano las necesidades de todos aquellos que no realizan actividades consideradas como “productivas”.

Para la mujer las grietas de esta ciudad son más insalvables. A algunas se les ha ido resquebrajado su entorno y van quedando aisladas en su pieza, en su vivienda, en un espacio que se va reduciendo, cada vez con más dificultades para poder satisfacer en un radio próximo sus necesidades, cada vez con mayores problemas para moverse. En esta situación se encuentra la mayor parte de las amas de casa, un colectivo considerado dentro del grupo de los “no activos”, cuyo trabajo está socialmente minusvalorado y por lo tanto, cuyas necesidades espaciales ni se consideran.

Las amas de casa, acostumbradas a ceder su tiempo también han cedido su espacio. Se han ido quedando solas en sus viviendas super-equipadas y no tienen lugares para el encuentro social. Los grandes bloques de viviendas uniformes e incluso las nuevas formas de vivienda adosada, favorecen su aislamiento. Las casas se cierran hacia dentro ya que la calle es un lugar desagradable y cada vez más peligroso, cada vez hay menos relaciones de vecindad, menos relaciones de barrio, la calle llena de ruidos, de humos, la calle antes lugar de encuentro y de relación social, espacio controlado por los vecino, ahora es un lugar de nadie, sólo para transitar a prisa. Así la casa se blinda, se aisla de su espacio exterior y la reina del hogar queda como princesa en el torreón.

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