Reinventando el espacio (Begoña Pernas)

El espacio parece no suscitar muchas preguntas y menos preguntas políticas. Nos es dado como lugar de la objetividad, un escenario, un escenario para la acción, indiferente al sexo de los individuos que en él se mueven; pero es el escenario el que determina las acciones posibles, las acciones legítimas.

Como toda construcción cultural está definido y atravesado por líneas de poder que lo crean y lo interpretan. Zonas abiertas o prohibidas, libertad de movimientos o confinamiento, un entorno y sus usos; todo ello es percibido y empleado de forma diferente por hombres y mujeres.

Pero partiendo de la supuesta neutralidad espacial de una sociedad secularizada y funcional, la ciudad se construye ignorando el comportamiento o las necesidades específicas de las mujeres. La ciudad y su configuración proyecta un tipo de ciudadano, independiente, motorizado, con trabajo. Que necesita, por lo tanto, supermercados abiertos 24 horas, vías de acceso rápidas, una ciudad funcional para un tipo de vida determinado. Los habitantes de la ciudad, atrapados por el espacio urbano, comienzan a comportarse como ese ciudadano modelo, con mayor o menor acierto, y éste se esfuerza, destruyendo las bases materiales e imaginarias de otros posibles comportamientos. Así las metáforas acaban siendo reales y, sin saber cómo, la ciudad se ha transformado y no hay retorno posible.

El hecho de que la mayor parte de las mujeres tengan una experiencia y unas necesidades muy diferentes es ignorado en nombre de una igualdad presupuesta y, de esta forma, se cierra el círculo de la inexistencia femenina.

Dualidad público-privado

Sin embargo, la relación de la mujer con la ciudad no ha sido una relación neutra, sino cargada de significado, y, sobre todo, se ha expresado en una dicotomía que ha dominado el mundo urbano desde el triunfo del orden burgués. Se trata de la dualidad público-privado, un tándem muy complejo e íntimamente relacionado con la historia de las mujeres de los últimos dos siglos. El hecho de que se trate de un orden en crisis no resta valor a su análisis, sino que permite situar a las mujeres como sujeto de la ciudad precisamente cuando ésta se desmorona.

¿Qué significado tiene la separación de lo privado y lo público y su desigual distribución? Desde un punto de vista político, la ruptura en dos esferas permite la autonomía individual frente a la comunidad. El individuo deja de estar unido por vínculos económicos, familiares, jurídicos, a la comunidad en la que nace, y adquiere un estatus propio desde el que desarrollar sus posibilidades vitales. Tiene obligaciones para con la sociedad, pero reguladas por su condición de ciudadano, es decir, por la relación con el Estado.

Esta mediación entre individuo y sociedad a través del Estado hace que aquél participe en la determinación de esas obligaciones, mediante el sufragio, y que éstas tengan un carácter legal y no natural. El ciudadano tiene la obligación de hacer la guerra y pagar impuestos, pero la comunidad no puede obligarle a trabajar gratuitamente, a entregar su propiedad, a elegir una u otra profesión, a casarse contra su voluntad, etc.

Pero en el corazón de esa imagen existe una contradicción insalvable, una nueva escisión entre lo público y lo privado que tiene un sentido muy diferente: la que separa el mercado y la familia, la producción y la reproducción.

La existencia de un mercado que rige las relaciones económicas y el intercambio se detiene en el umbral de la casa, donde las normas que gobiernan la existencia no son legales, sino leyes de la naturaleza o vínculos morales. La familia se constituye como el último reducto contra la invasión de la racionalidad económica y la igualdad política, un mundo que debe ser preservado fuera del contrato social.

La sociedad burguesa, desde el siglo XIX, diferencia el mundo profesional, exterior, a través del cual el individuo interviene en lo social: producir y participar. Y el mundo interior, de la reproducción, en que se cumplen las obligaciones con la especie y con la comunidad: tener hijos, mantenerlos, cubrir las necesidades biológicas, cuidar de los ancianos, enterrar a los muertos, ocuparse de todo aquello que el mercado no puede realizar al tratarse de actividades que no son divisibles, cuantificables ni rentables.

La ciudad es el espacio en que se hace posible diferenciar esas esferas que en el mundo rural están confundidas. Es un espacio de producción que responde a las necesidades del capitalismo mercantil e industrial. Es, por definición, el espacio de la política: la política como esfera autónoma, separada de la fuerza y de la riqueza, surge en la ciudad, y su metáfora es la ciudad. La ciudad es el lugar del pacto entre iguales, donde la autonomía individual tanto económica como política es posible y el hombre escapa al yugo de la comunidad.

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