Urbanismo con Perspectiva de Género. Inés Sánchez de Madariaga

Publicado por la Junta de Andalucía, el libro “Urbanismo con Perspectiva de Género” de Inés Sánchez de Madariaga nos abre los ojos a una realidad que ya intuíamos. Imprescindible. Os dejamos un extracto del texto.

En lugar de espacios monofuncionales que maximicen los requisitos espaciales de cada función, a modo de parques temáticos, la vida cotidiana exige ciudades verdaderas, complejas, diversas, donde los espacios sirvan para más de una cosa, aunque no satisfagan de manera óptima los requisitos de esa función, donde sean posibles la sorpresa, los encuentros casuales y lo inesperado. Además de grandes infraestructuras viarias que sólo sirven para trasladarse, la vida cotidiana exige espacios públicos seguros, flexibles y de uso múltiple y frecuente, donde la jerarquía de la red rodada se subordine a la jerarquía del espacio público, integrando a toda la población. En lugar de grandes equipamientos inaccesibles y susceptibles de ser inaugurados, la vida cotidiana exige muchos pequeños equipamientos de proximidad, diversos, flexibles, accesibles y asequibles.

LIBRO URBANISMO

¿Qué aporta la perspectiva de género al urbanismo? (Muxí, Casanovas, Ciocoletto, Fonseca, Gutiérrez)

¿Qué significa un urbanismo con perspectiva de género? ¿Cómo hacer planificación urbanística y proyectos urbanos que tengan en cuenta la perspectivade género? Habitar es mucho más que la sumatoria de la residencia, el trabajo, las tareas del hogar, el ocio, el transporte, la educación, la cultura, los deportes y la sanidad. Habitar es poder desarrollar las diferentes esferas de la vida enigualdad de oportunidades, con intensidad e integridad. Por ello consideramos necesario pensar y, sobre todo, repensar las ciudades y los barrios guiados por esta idea. Poner en primer plano la vida y las necesidades de las personas es una tarea compleja, no exenta de complicaciones. Por lo tanto, ¿qué significa repensar un barrio con perspectiva de género? ¿Significa trabajarla sólo para las mujeres, es decir, en oposición a la de lo shombres? No; se trata de pensar un barrio y una ciudad con todos sus detalles y a través de todas las escalas desde la complejidad y la diversidad, sin dar prioridades exclusivas a consideraciones económicas alejadas de las personas. Se trata de construir, o reconstruir, barrios que no perpetúen las diferencias y las desigualdades de género, clase, raza o edad. Se trata de ponerse las gafas lila y volver a estudiar, analizar y registrar la realidad para conseguir entornos urbanos más adecuados. El objetivo del urbanismo debería ser poder disfrutar de ciudades inclusivas que tengan en cuenta la diversidad real que caracteriza a los espacios urbanos, y así poder hacer posible que el derecho a la ciudad sea un derecho humano para todas las personas.

(…)

El cambio fundamental que propone la aplicación de la perspectiva de género en la construcción de las ciudades y los pueblos es priorizar los seres humanos concretos y sus necesidades en todos los niveles de planeamiento, teniendo como objetivo principal hacer barrios y ciudades con redes adecuadas para la vida cotidiana de todas las personas que conviven en un territorio.

Sigue leyendo (pág. 105 y siguientes).

Principios de ordenación urbana para una ciudad segura

La calidad y la seguridad del espacio público son fundamentales para las mujeres, la población de más edad y la infantil, tres grupos que realizan una gran cantidad de desplazamientos a pieen el espacio próximo y además utilizan intensivamente este espacio como lugar de ocio y de ejercicio. Sin embargo el entorno urbano está diseñado a partir de las necesidades de los hombres que trabajan y tienen buena salud. ¿Qué significa esto desde la óptica de la seguridad para las personas mayores, los niños y las mujeres? El peligro de atropello al atravesar una calle o carretera es 10 veces más alto para las personas mayores que para los adultos en plena forma física. Durante la infancia y la adolescencia el entorno físico es un aspecto fundamental para el desarrollo y la adquisición progresiva de autonomía personal (Sánchez de Madariaga, 2004). Un gran número de mujeres perciben inseguridad y sufren algún tipo de agresión en sus recorridos diarios, siendo muchas las mujeres que, por miedo, evitan ciertos lugares a ciertas horas (Román y Velázquez, 2008).

La seguridad es una condición básica de la calidad de vida porque es una necesidad corporal elemental. La seguridad incluye la protección frente a la agresión física, la posibilidad de reducir las amenazas psíquicas de otras personas y el mantenimiento de la privacidad. En materia de seguridad existen claras diferencias por sexo que se han hecho más evidentes en los últimos años, a medida que las mujeres han ido progresivamente integrándose a la vida pública y por tanto utilizando en mayor medida los espacios públicos. Según datos de Montreal, el 60% de las mujeres, frente al 17% de los hombres, tiene miedo a salir de noche en su propio barrio; el 90% de las mujeres, frente al 14% de los hombres, tiene miedo en los aparcamientos. Como subraya Sánchez de Madariaga (2004) estas cifras dan idea de la gravedad y extensión del problema.

El incremento de la inseguridad en las ciudades está relacionado con la transformación de las relaciones de vecindad en los barrios. La dispersión de las actividades en el territorio y la segregación de espacios urbanos han reducido la intensidad de uso del espacio público, que antes acogía un número mayor de desplazamientos a pie y de actividades no relacionadas con el transporte. Los nuevos enfoques que quieren superar este modelo analizan las relaciones existentes entre formas urbanas y seguridad. En este ámbito, las experiencias prácticas de Toronto y Montreal son las más relevantes a nivel mundial, y como tal han sido reconocidas por el programa Habitat de Naciones Unidas (Sánchez de Madariaga, 2004).

Estas experiencias vinculan el enfoque de prevención del crimen a través de la ordenación urbana con el conocimiento de las mujeres en materia de seguridad. El enfoque de prevención del crimen se basa en la idea de ‘territorialidad’: se trata de reducir el crimen a través de la ordenación urbana y del control social informal de las personas residentes sobre su entorno urbano. El segundo elemento de las experiencias de Toronto y Montreal es el de integrar la experiencia de las mujeres como expertas en seguridad, a través de su participación a la hora de identificar los lugares inseguros y las causas de la inseguridad.

A través de esta experiencia, el Ayuntamiento de Montreal desarrolló seis principios de ordenación urbana para una ciudad segura, identificando los campos sobre los que intervenir, tanto en nuevas ordenaciones como en mejoras de espacios existentes:

  1. Saber dónde se está y a dónde se va (señalización)
    1. Clara, precisa y colocada estratégicamente
    2. Uniforme a pesar de las diferencias entre lugares
    3. Visible, sin destrozar el paisaje
  2. Ver y ser visto (visibilidad)
    1. Iluminación
    2. Escondrijos
    3. Campo de visión amplio que permita la mayor permeabilidad visual posible
    4. Evitar los desplazamientos previsibles, es decir, los que no ofrecen vías alternativas cuando ya se está en ellos, como puentes, escaleras, túneles o ascensores
  3. Oír y se oído (afluencia)
    1. Facilitar la mezcla de usos para asegurar la concurrencia de personas
    2. Procurar que los usos cubran el mayor espectro posible de franja horaria
  4. Poder escaparse y obtener socorro (vigilancia formal y acceso a ayuda)
    1. – Señalización y vigilancia formal directa o indirecta
    2. – Comercios y servicios como lugares de vigilancia informal a las horas en que están abiertos
  5. Vivir en un entorno acogedor y limpio (ordenación y mantenimiento de los lugares)
    1. – Formas de espacio que favorezcan la apropiación y transformación de las personas residentes
    2. – Distinción clara entre el espacio público y el espacio privado
    3. – Asegurar el mantenimiento
  6. Actuar todas las personas juntas (participación de la comunidad)
    1. – Movilización de la población y de entidades locales, públicas y privadas
    2. – Apropiación de los lugares públicos por la población

En muchas ciudades españolas se han comenzado a dibujar mapas de los puntos negros o zonas peligrosas de la ciudad. A veces desde la perspectiva del visitante o turista, a veces desde el punto de vista de los niños y en otros casos desde la visión de las mujeres. Román y Velázquez (2008) destacan la experiencia de la ciudad de San Sebastián, donde el Foro de las Mujeres y la Ciudad ha trabajando en la búsqueda de alternativas a espacios que producen sensación de miedo como el pasadizo de Eguía; las mujeres vecinales de Bilbao que lucharon por alternativas a la pasarela del Arenal; o la experiencia de ‘Mujeres a la Calle’ en Vigo, que retomó las iniciativas feministas de los años 70 reivindicando la noche como espacio para la mujer.

Seguir leyendo más contenidos de la “Guía práctica para la inclusión de la perspectiva de género en los contenidos de la investigación”.

La reconstrucción del espacio cotidiano (Marta Román Rivas)

La ciudad donde vivo parece una vasija desecha donde sus piezas se han desperdigado, cada vez todo está más lejos, desconectado, cada vez cuesta más llegar. La metrópoli actual se va expandiendo en el espacio circundante: los grandes centros de servicios y equipamientos son como piezas desperdigadas donde cada vez es más necesario para acceder a las mismas los modos de transporte motorizado. Las urbanizaciones, los barrios periféricos, toda la ciudad se va esparciendo. Este modelo urbano que no se pone límites ni al crecimiento en el espacio circundante ni a la dependencia de transporte motorizado, funciona como una bomba expansiva y las piezas de este recipiente se van alejando más y más.

El interior de las ciudades también se va resquebrajando: se permite la tercialización del centro, la desestructuración de los barrios, el dominio del automóvil frente al ciudadano. La calle se vuelve un lugar desagradable por los ruidos y humos, un lugar donde sólo se puede transitar deprisa.

Así, el proceso de destrucción, de ruptura, de dispersión se retroalimenta porque la población es expulsada del interior de la ciudad por diversos motivos -precios muy altos de vivienda, degradación y baja calidad ambiental- y se van a vivir a la periferia y vienen sólo a trabajar al interior de la ciudad y se acrecienta la necesidad de transporte y se va acrecentando la degradación de la calle que tiene que acoger los coches de esta población que se fue a vivir lejos. Y, además, la ciudad se va deshumanizando por la pérdida de vida vecinal y la calle se vuelve peligrosa.

La necesidad de reconstruir el espacio cotidiano surge porque este modelo urbano, esta ciudad a trozos, este espacio desperdigado no funciona, es como una máquina rota. Una máquina ineficaz en la que se invierte cada vez más tiempo y energía y no resuelve o facilita las necesidades básicas de sus habitantes. Necesidades de accesibilidad, sociabilidad y, en definitiva, lo que se puede considerar calidad de vida.

Y es que la ciudad si funciona mal para todos, funciona peor para las mujeres. Es una ciudad creada según las necesidades percibidas por los hombres, donde las mujeres han participado poco en la construcción de este espacio común y se ha conseguido una ciudad pensada para moverse y para trabajar, no para vivir. Se han olvidado o relegado a un segundo plano las necesidades de todos aquellos que no realizan actividades consideradas como “productivas”.

Para la mujer las grietas de esta ciudad son más insalvables. A algunas se les ha ido resquebrajado su entorno y van quedando aisladas en su pieza, en su vivienda, en un espacio que se va reduciendo, cada vez con más dificultades para poder satisfacer en un radio próximo sus necesidades, cada vez con mayores problemas para moverse. En esta situación se encuentra la mayor parte de las amas de casa, un colectivo considerado dentro del grupo de los “no activos”, cuyo trabajo está socialmente minusvalorado y por lo tanto, cuyas necesidades espaciales ni se consideran.

Las amas de casa, acostumbradas a ceder su tiempo también han cedido su espacio. Se han ido quedando solas en sus viviendas super-equipadas y no tienen lugares para el encuentro social. Los grandes bloques de viviendas uniformes e incluso las nuevas formas de vivienda adosada, favorecen su aislamiento. Las casas se cierran hacia dentro ya que la calle es un lugar desagradable y cada vez más peligroso, cada vez hay menos relaciones de vecindad, menos relaciones de barrio, la calle llena de ruidos, de humos, la calle antes lugar de encuentro y de relación social, espacio controlado por los vecino, ahora es un lugar de nadie, sólo para transitar a prisa. Así la casa se blinda, se aisla de su espacio exterior y la reina del hogar queda como princesa en el torreón.

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Reinventando el espacio (Begoña Pernas)

El espacio parece no suscitar muchas preguntas y menos preguntas políticas. Nos es dado como lugar de la objetividad, un escenario, un escenario para la acción, indiferente al sexo de los individuos que en él se mueven; pero es el escenario el que determina las acciones posibles, las acciones legítimas.

Como toda construcción cultural está definido y atravesado por líneas de poder que lo crean y lo interpretan. Zonas abiertas o prohibidas, libertad de movimientos o confinamiento, un entorno y sus usos; todo ello es percibido y empleado de forma diferente por hombres y mujeres.

Pero partiendo de la supuesta neutralidad espacial de una sociedad secularizada y funcional, la ciudad se construye ignorando el comportamiento o las necesidades específicas de las mujeres. La ciudad y su configuración proyecta un tipo de ciudadano, independiente, motorizado, con trabajo. Que necesita, por lo tanto, supermercados abiertos 24 horas, vías de acceso rápidas, una ciudad funcional para un tipo de vida determinado. Los habitantes de la ciudad, atrapados por el espacio urbano, comienzan a comportarse como ese ciudadano modelo, con mayor o menor acierto, y éste se esfuerza, destruyendo las bases materiales e imaginarias de otros posibles comportamientos. Así las metáforas acaban siendo reales y, sin saber cómo, la ciudad se ha transformado y no hay retorno posible.

El hecho de que la mayor parte de las mujeres tengan una experiencia y unas necesidades muy diferentes es ignorado en nombre de una igualdad presupuesta y, de esta forma, se cierra el círculo de la inexistencia femenina.

Dualidad público-privado

Sin embargo, la relación de la mujer con la ciudad no ha sido una relación neutra, sino cargada de significado, y, sobre todo, se ha expresado en una dicotomía que ha dominado el mundo urbano desde el triunfo del orden burgués. Se trata de la dualidad público-privado, un tándem muy complejo e íntimamente relacionado con la historia de las mujeres de los últimos dos siglos. El hecho de que se trate de un orden en crisis no resta valor a su análisis, sino que permite situar a las mujeres como sujeto de la ciudad precisamente cuando ésta se desmorona.

¿Qué significado tiene la separación de lo privado y lo público y su desigual distribución? Desde un punto de vista político, la ruptura en dos esferas permite la autonomía individual frente a la comunidad. El individuo deja de estar unido por vínculos económicos, familiares, jurídicos, a la comunidad en la que nace, y adquiere un estatus propio desde el que desarrollar sus posibilidades vitales. Tiene obligaciones para con la sociedad, pero reguladas por su condición de ciudadano, es decir, por la relación con el Estado.

Esta mediación entre individuo y sociedad a través del Estado hace que aquél participe en la determinación de esas obligaciones, mediante el sufragio, y que éstas tengan un carácter legal y no natural. El ciudadano tiene la obligación de hacer la guerra y pagar impuestos, pero la comunidad no puede obligarle a trabajar gratuitamente, a entregar su propiedad, a elegir una u otra profesión, a casarse contra su voluntad, etc.

Pero en el corazón de esa imagen existe una contradicción insalvable, una nueva escisión entre lo público y lo privado que tiene un sentido muy diferente: la que separa el mercado y la familia, la producción y la reproducción.

La existencia de un mercado que rige las relaciones económicas y el intercambio se detiene en el umbral de la casa, donde las normas que gobiernan la existencia no son legales, sino leyes de la naturaleza o vínculos morales. La familia se constituye como el último reducto contra la invasión de la racionalidad económica y la igualdad política, un mundo que debe ser preservado fuera del contrato social.

La sociedad burguesa, desde el siglo XIX, diferencia el mundo profesional, exterior, a través del cual el individuo interviene en lo social: producir y participar. Y el mundo interior, de la reproducción, en que se cumplen las obligaciones con la especie y con la comunidad: tener hijos, mantenerlos, cubrir las necesidades biológicas, cuidar de los ancianos, enterrar a los muertos, ocuparse de todo aquello que el mercado no puede realizar al tratarse de actividades que no son divisibles, cuantificables ni rentables.

La ciudad es el espacio en que se hace posible diferenciar esas esferas que en el mundo rural están confundidas. Es un espacio de producción que responde a las necesidades del capitalismo mercantil e industrial. Es, por definición, el espacio de la política: la política como esfera autónoma, separada de la fuerza y de la riqueza, surge en la ciudad, y su metáfora es la ciudad. La ciudad es el lugar del pacto entre iguales, donde la autonomía individual tanto económica como política es posible y el hombre escapa al yugo de la comunidad.

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Indicadores Urbanos de Género (Liliana Rainero y Maite Rodigou, 2003)

Ponencia presentada en la Mesa: “Espacio y género en el campo y la ciudad latinoamericana” durante el 51º Congreso Internacional de Americanistas – Santiago de Chile, 14 al 18 de julio de 2003.

Paralelamente a la constatación de comportamientos diferenciados según género en el es-pacio, sólo un bajo porcentaje de encuestados/as reconoce la existencia de estas diferencias. Los que responden afirmativamente hacen alusión al tipo de actividades desarrolladas y a la sociabilidad de unos y otras. Esto permitiría pensar que dado que no se reconoce la inequidad de género asociada al espacio público, como por el contrario sí está reconocida en el espacio doméstico.

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